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TAPA EL ELEFANTE ROSADO 8

H E M I S F E R I O S
LUCAS CHAMI

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LA POESÍA NO ES GEOMÉTRICA
Gabriel Orge
Supongamos que A no es igual a G, las diferencias son igual de grandes que las coincidencias. Sucede un fenómeno extraño: a medida que se aproximan A y G las distancias se prolongan, lo mismo sucede cuando se alejan, es decir, se acercan… esto pareciera tener su origen en la geometría, pero no… todo lo contrario, no hay exactitud, ni certezas, ni resultados precisos. Estas aproximaciones y alejamientos que se producen entre A y G fluctúan al ritmo de la pasión que generan los opuestos, son explosivos los encuentros y desencuentros, van de la palabra obscena a la poesía romántica, del epíteto furioso a la metáfora delicada.
Siguiendo con las suposiciones, supongamos que O se encuentra equidistante de A y de G. O es testigo oblicuo de esta trama de cruces y hace las veces de escriba, recopila el diálogo transversal de A y G. Entre sus hallazgos verbales O anota en su libreta de escriba el siguiente texto que nada tiene que ver con las matemáticas:
“ante la frustración de un desencuentro A le recita a G:
destruida la ilusión, resiste la esperanza atrincherada en una casamata camuflada de optimismo, ahí en ese hueco inmundo fantaseo con un futuro cierto, armónico, me deshago de malos recuerdos, los escupo por la ventanita de mi cueva, es un juego doloroso y divertido, apuntar con mi esputo, tratar de batir al enemigo con mi joystick de lengua y saliva, morite bastardo! le grito, salí de mí para siempre!, hacete nada, pero antes! devolveme el amor, que es mío y no tuyo, ladrón!!!”.
Una sucesión de números -por más aleatoria que fuese su combinación- siempre indica una cifra, ¿sucede lo mismo con las palabras?. En algunas ocasiones las palabras se concatenan de tal manera que inducen a la poesía, reflexiona O y anota el resultado que produce la feliz intersección entre A y G:
“Tengo un mundito chiquitito, lo cuido, lo protejo, trabajo todos los días para que sea mejor, es mi mundito, yo lo quiero… algunos dicen ¡qué chiquito! Otros lo critican porque crece despacito, a muchos les encantaría ser un habitante de mi mundito!
pero
yo
no
dejo
que cualquiera entre
Y no soy racista, tampoco elitista, pero me reservo el derecho de admisión y cada vez soy más estricto con esto, nada de avivadas! de intereses mezquinos! de palabras complacientes!
…lo que pasa es que en el centro de mi universito habita mi corazón, ahí en ese sector dispuse algunas alegrías, instalé recuerdos hermosos, lo rodeé de compromisos y resistencias! Aboné su jardín con sentimientos puros! pero…
en
un
lugar secreto
dejé abierta una posibilidad, para que entre si quiere!
Que entre! está mi corazón ahí, haciendo su casa en una mujer”.


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DESDE MI VENTANA
Texto Mariana Giansetto
Gráfica Pamela Miletto

Una hoja en blanco sobre la mesa y desvío la mirada. A través del vidrio y justo debajo de un cartel rojo, veo unos pies que me llaman la atención. No puedo evitar enfocarlos. Pasan a ser figura, cuando instantes antes eran sólo el fondo de un pensamiento destinado al papel. Desdibujado, borroso y secundario fondo. Eran. Porque ahora, ahora que no voy a poder olvidarlos, cautivan toda mi atención. Su fisonomía no tiene nada de maravilloso, además no me interesa; nunca ha sido de mi agrado detenerme en ese tipo de detalles. Lo que examino y retengo es el baile en el que se han enredado intentando despegar un papel de la suela derecha: el izquierdo gira, intenta ayudar al otro, el derecho se detiene a recibir la colaboración pero arremete contra su par al poco rato porque es él quien pasa a llevar la carga.

Como el burrito de San Vicente,

imagino que piensa un niño que pasa de la mano de su mamá y tuerce el cuello hasta el límite del quiebre. Quiere ver, le da intriga. Seguro jugaban a eso en el jardín de infantes.

Es sólo imaginación, no ocurrió en realidad. No es tan seguro.

Apretujados dentro de unas sandalias blancas con pintitas negras, los pies se arriman, parecen ordenarse. Uno se levanta y el otro también, el segundo imita al primero con movimientos que parecen calcados y después, se superponen en una figura perfecta: el original y su copia. Extralimitan sus casi desesperantes espacios paralelos, se deshacen de ese mandato de las líneas que nunca se cruzarán. Por lo menos a la vista, los movimientos quedan prolijos, excepto por las manchas de tierra que van quedando sobre las uñas, aunque sin ese toque nada tendría sentido. El derecho pisa sobre los dedos, se frota contra la vereda, el izquierdo hace lo mismo en lo que bien podría ser una coreografía desmusicalizada y, finalmente, el papel queda en el olvido. De ellos. Inmediatamente, corro a leer lo que dice.